viernes, 3 de febrero de 2012

Andaluces de Jaén





Tuve que ponerle un vellón a la aguja. Aún después de lavarlo con aguita de jabón y dejarlo secar, eran evidentes las pequeñas cicatrices que casi cuarenta años después, inevitablemente se mostrarían en el vinilo.

Siempre quise contar este cuento.

En el tren de Granada a Sevilla, me puse a escuchar a Paco Ibáñez. Me quedé dormida después de un fin de semana visitando la ciudad de García Lorca, de caminar entre restos del Al-Ándalus, de ver con mis propios ojos a qué se refería Ibn-Arabí cuando hablaba de belleza. De repente, me desperté con  "Andaluces de Jaén" y Miguel Hernández reclamando que los oliveros son de quienes los trabajan. Miré por la ventana y eso vi: oliveros y oliveros y oliveros. Pasaban rápido por mi lado, como si nadaran, pero también quise nadar en ellos, como si fuesen olas verdes. Por primera vez recordé el Atlántico. Luego Paco cantó a Rafael Alberti, quien se lamentó de nunca haber ido a Granada. Me dormí.

Me desperté súbitamente y ya se había acabado la música. Los oliveros se habían convertido en girasoles.

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